miércoles, 28 de septiembre de 2011

Bajo lo contemporáneo no crece todo

La idea es sencilla, aunque ambiciosa: se convoca a unos cuantos alumnos aventajados de diferentes escuelas europeas de circo, un director artístico y un músico. Luego se les da un plazo de un mes para que creen juntos un espectáculo de circo que representarán durante dos semanas en el Teatro Circo Price. En esta ocasión es del 21 de septiembre al 2 de octubre.


Este año cuentan con la ayuda de Roberto Oliván, coreógrafo, en las labores de dirección y a Laurent Delforge en la creación musical. Ambos centraron la temática en lo que ellos llaman la Melodía Universal, lo que, según sus palabras es "una composición de notas formadas por cada individuo, creando una melodía compleja y única (...)". Y lo han querido mostrar como un grado más de imbricación de diferentes artes escénicas, como sólo el circo puede hacerlo y tan de moda está ahora, sobre todo bajo el liviano manto de "lo contemporáneo".

Es de alabar el gran trabajo conseguido en tan corto plazo (¡un mes!), sabiendo aprovechar los números ya estructurados de estos completísimos artistas para crear un continuo. Arte en movimiento lo llaman, y es verdad que es un espectáculo dinámico y evocador, pero en demasiadas ocasiones deja un regusto de dejà vu que no se va. Artistas vestidos de calle, escenario limpio donde son los protagonistas los encargados de montar la escenografía, coreografías acrobáticas muy físicas donde los artistas corren sin parar, rápidas transiciones entre números (a veces sin dejar que uno acabe para empezar el otro), música "extraña" que no siempre parece encajar con lo que se está viendo o busca distanciar deliberadamente, etc. Por supuesto no podía faltar la temática basada en cosas trascendentales, como la vida, la superación personal, la separación, los sueños; todo emociones a flor de piel aderezado con alguna que otra imagen muy poética aunque algo vacía, como las goteras que caen sobre palanganas y cubos, o el plástico movido por ventiladores. Todo esto parece ser la pauta que marca el circo en los últimos años bajo el paraguas de lo contemporáneo, pero me temo que no todo cabe debajo y, aunque este no es comparable a espectáculos más definidos, me parece que no ha logrado que la mezcla ligue bien.


Según leo, la temática de las partes se basa en las experiencias de los propios artistas y la música está realizada con sonidos producidos por ellos mismos. Todas estas imágenes y sonidos pueden ser todo lo evocadoras o insulsas que un espectador quiera, según su sensibilidad y estado de ánimo del día (juro que mientras veía aburrido uno de los números el espectador de la butaca de al lado estaba llorando a lágrima viva). Quizá se echaba en falta un hilo conductor más definido o dar un poco de aire entre números, llamadme clásico si queréis. De hecho, algunos de los números quedan muy deslucidos ante la fragmentación a la que han sido sometidos para que sirvan de nexo entre actuaciones. Un gran mano a mano entre Katharina Kaudelka y Pablo Monedero pasa casi desapercibido y el original malabarista Alexis Rouvre con su mezcla de danza, malabares y sogas, queda también relegado a fugaces flashes que no convencen.

La parte buena fue poder constatar la gran cantera circense que está por venir. El número de la alambrista sueca Klara Mossberg es de una limpieza, fluidez y valentía encomiables. El dúo que forman las australianas Hannah Cryle y Caz Walsh al trapecio doble son palabras mayores. Con un comienzo en estático, jugando con las simetrías y las sonrisas, el trapecio comienza a oscilar y con el vaivén se suceden saltos, agarres, piruetas y vuelos de los que sacan exclamaciones entre el público. Otro de los números que permanecerán en el recuerdo es el de la jovencísima canadiense Alexandra Royer subida a su aro aéreo, que ya desde la persecución y vuelo primero se ve que la fuerza y la intensidad son las protagonistas. Da gusto cuando presencias a artistas con esa capacidad de transmitir durante su actuación.

Consciente del esfuerzo volcado en este proyecto, estoy encantado con que existan este tipo de iniciativas que se atrevan a arriesgar, pues a veces es la única vía de descubrir cosas y triunfar. El largo aplauso que se escuchó tras el espectáculo da una idea de que la disparidad de opiniones es siempre positiva y que en el arte hablamos de percepciones, no de dogmas.

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