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martes, 22 de mayo de 2012

Inside Convention

La idea estaba clara: hacer en 2012 un EUCIMA mejor que en 2011. En principio es una idea simple, ganas no faltan y el proyecto está en la cabeza.

Comienza el curso, comienza a desperezarse plan. Primeras reuniones, hay que volver a explicar qué es un encuentro de malabares a los nuevos y transmitir el entusiasmo, cosa compleja. Se van asignando tareas y la cosa arranca. Empiezan a circular mails internos. Primeros baches, gente que se baja del carro y algún tirón de orejas. El proyecto remonta el vuelo a empujones por turnos, aunque sigue pareciendo frágil.
Se acerca la fecha y la difusión se viste de spam. Las reuniones asaltan una fecha fija y los mails se multiplican e inundan la bandeja de entrada. Se debaten cosas que ya estaban resueltas. Vistazos inquietos a las nubes y sus predicciones, hasta confirmar que este año el agua también está invitada. Hay dudas y algún miedo, pero el ánimo va creciendo y el encuentro va tomando forma de carpa. Es el caso peculiar de este encuentro;  un rara avis donde la mayoría de organizadores no sólo no son parte del mundo circense, si no que desconocen previamente lo que es una convención. Un proyecto que abre el circo y trata de sacarlo de su cascarón cada vez menos hermético.

El gran día ha llegado. Todos a la Almudena a moldear un remolque hasta darle forma de carpa. Dificil de explicar la ilusión de ver un símbolo así montado con nuestras manos, que llena con la energía suficiente para afrontar el fin de semana que se nos viene. Pero no sólo es la carpa, aparecen muchos hombros que se arriman para repartir e ir haciendo todas las pequeñas cosas que un encuentro requiere.



Se abren las puertas y nos ponemos la camiseta amarilla. Hay buenas noticias, se acerca más gente que el año pasado. La agenda va pasando y los quehaceres se solventan de forma organizada. Hay sonrisas por la sensación de estar haciéndolo bien, por los reencuentros, por la primera experiencia. Un ambiente especial que nos transmiten los participantes y que difumina los nervios y agobios.

Nena y Charo antes de la Gala  (Foto: Bruno Gallia)

 Son esas sonrisas y ese calor los que compensan las reuniones, las estacas clavadas para la carpa, las horas robadas al sueño, levantar una lona hasta el cielo, las miles de llamadas, los viajes a comprar bebida o comida, conseguir permisos oficiales, pedir cientos de favores, los marrones con las autoridades, ver los espectáculos tras la rendija que dejan las cortinas, los nervios de bambalinas sin actuar, el pasar un encuentro sin tocar un malabar. Cuando llega la lanzada y se forma la nube de malabares nadie tiene ninguna duda que todo ha merecido la pena. Universitarios que cogieron un malabar o una tela hace escasos meses y se ven envueltos en una vorágine de circo que explota de alegría. El EUCIMA está asentado, y la gente tiene ganas de más.

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