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lunes, 18 de marzo de 2013

Carta a las amantes apartadas

Hola.

Os preguntaréis por qué me dirijo a vosotras a estas alturas, tanto tiempo después. Yo tampoco lo sé muy bien, quizá esos recuerdos que asaltan la mente y te impulsan a hacer cosas. Son lejanos, sí, pero buenos recuerdos al fin y al cabo. Los tiempos de los primeros juegos, los descubrimientos, las caricias y las sonrisas cómplices. Un dejarse llevar sin pensar a dónde vas, dedicado sólo al difrute juvenil e inocente. Lo pasábamos bien, ¿verdad?

Llegásteis a mí por casualidad, todas a la vez, en forma de regalo. Comenzaron los tanteos y los tonteos, y nos gustaba, vaya que sí. Esas relaciones que empiezan de forma inocente y cuando te quieres dar cuenta son algo más. Érais tres y no me importaba, y pronto dejó de importarme lo que pensaran los demás. Os fui presentando en sociedad con cierta timidez e inseguridad, ya no bastaba con jugar en casa, a escondidas. Me di cuenta que érais aceptadas, aunque con cierto recelo que denota la extrañeza ante una relación que se sale de la norma. La condescendencia de los que pensaban: "bueno, son cosas de jóvenes, ya se le pasará".

Al principio érais indómitas, luego nos íbamos conociendo y os fuisteis volviendo dóciles. Con vosotras comenzaron las primeras experiencias y el abanico se desplegaba. Reconozco haber flirteado con otros, de distintas razas incluso, pero siempre acababa volviendo a vosotras. Vosotras, que lo perdonábais todo, amantes fieles, no sabéis cómo os lo agradezco.

El tiempo pasa como certeza y pasa factura a todos y a todo. Yo crecí con vosotras, gané en seguridad. Vosotras, que me lo dábais todo. Pero quise acaparar, me veía capaz de todo, quise ampliar el harén. Meter un nuevo miembro, joven y por domesticar, en esta relación quedaba extraño y forzado, yo lo sabía. Corté por lo sano, no os dí muchas explicaciones, quizá por eso esta carta. Me junté con un nuevo grupo, que lo mío me costó, más joven y reluciente. Fue una jugada fea, a vosotras que tanto me habíais dado, que tantos viajes habíamos compartido.

Espero que lo entendáis, aunque quizá ya da igual. Yo sabía que era el paso que tenía que dar. Me encontraba algo atascado con vosotras, necesitaba avanzar, ir hacia algún sitio, tenía que probar y arriesgarme. No me arrepiento, pero sí creo que os debo una explicación o, al menos, redimir este absurdo sentimiento de culpa. Pasó nuestro momento y os aparté, no os eliminé porque siempre fuísteis y seréis parte de mí, de mi historia, de mi aprendizaje; eso siempre queda. No sería ahora sin vosotras, sin esas primeras enseñanzas y esas primeras caricias.


Hoy os he visto, estábais al fondo de un cajón que ya no abro, esperando, impasibles y fieles. Nos hemos mirado unos minutos sin decir nada. He vuelto a cerrar el cajón y me he sentado a escribir.

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