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viernes, 22 de marzo de 2013

Un poco más alto. Cuento circense de Elisa

Lo recuerdo perfectamente. Se llamaba Otto, pero por todos era conocido como El gran saltador. Llegó aquí hace algunos meses, desorientado y taciturno. Nunca supimos de qué compañía venía y nadie se atrevió a preguntarle; era una de nuestras normas, no indagar en heridas ajenas. Era de un color diferente y ello parecía avergonzarle. Los primeros días solo se dejaba ver de noche, en plena oscuridad, y de día se mantenía a la sombra. Por suerte, pude despreocuparme del recién llegado en seguida, el payaso Filipo empezó a congeniar a las mil maravillas con él y pronto surgió un cariño y admiración mutuos. Otto ya no renegaba del sol e, incluso, parecía disfrutar jugando con su reflejo en el agua. 
 
Otto poco a poco se convirtió en uno más, danzando durante el día y alguna que otra noche, en que se le podía encontrar de arriba abajo, prescindiendo de un descanso vital para muchos de nosotros. Una mañana nos contó su habilidad, lo que él iba a ser capaz de hacer el tiempo que estuviese con nosotros, ¡saltar! Su seguridad era tal que su mirada se iluminó, al mismo tiempo que su color parecía intensificarse. Y no era para menos…, parecía haber nacido para ello. Le enseñó su padre, del que tuvo que despedirse antes de lo que jamás hubiese esperado y deseado.

Era arriesgado, no contábamos con ningún tipo de red o trasfondo para amortiguar las caídas; pero a Otto ese gran detalle no parecía amedrentarle, se lanzaba a besar el aire como si tuviese siete vidas. Nunca, nunca tuvo que lamentar una caída, un mal golpe; nunca tuvimos que ir a socorrerle. Siempre coronaba la cima con su mejor sonrisa y aterrizaba acompañado del calor y el entusiasmo que le brindaban las miradas de los asistentes, quienes para él eran como una red.

¡Más alto!, ¡más alto!, le gritaban a pie de escenario. Y él, amparado en su juventud, sobrepasaba los límites con la misma energía y vitalidad que la primera vez. Estábamos cansados de decirle que no fuese más allá, que era peligroso, que el menor descuido podía hacer que en un instante se precipitara en el vacío y cayese contra el suelo, y Filipo no estaba dispuesto a lamentar otra pérdida.

Fuimos Filipo, Eric y yo los encargados de decidir qué hacer con Otto. Retenerlo sería un trabajo arduo que implicaría velar por él día y noche, y no todos estarían dispuestos a colaborar. El trastornado de Eric, que si por algo se caracterizaba era por no tener muchas luces, propuso dejarlo sin comer unos días. Su solución era sencilla: no come, pierde energía, no salta. No pareció darse cuenta de la estupidez de su idea y hasta el último momento la defendió e incluso intentó hacer campaña. 
 
Esa misma noche hablamos con Otto, le citamos Filipo y yo, excusando la ausencia de Eric, al que mantuvimos retenido aquella noche. A Otto le encontramos algo cambiado, falto de vida y un tanto escurridizo. Pensamos que quizás nos hubiese escuchado la noche anterior o, peor aún, se hubiese percatado del macabro plan de Eric. 
 
Escapaba a nuestra mirada y su angustia era tal, que nos vimos obligados a zanjar la conversación y posponerla para la mañana siguiente. Parecía que le estábamos sometiendo a una tortura. Filipo y yo, desconcertados, nos retiramos a descansar, aunque los dos sabíamos bien que esa noche ninguno lo haría; la pasamos, cada uno a su manera, rumiando una nueva manera de tratar aquel asunto con Otto. No queríamos dejarle sin su número, tan aclamado y ensalzado por su público, sino acordar hasta dónde podía llegar.

Pero no tuvimos más días ni ocasión para hacerlo. A la mañana siguiente unos pasos tempranos nos alertaron. Aún no había amanecido. Un tímido sol se mantenía agazapado esperando morder con saña aquella mañana, pero el denso manto de la noche aún resistía, lo que alimentaba un ambiente de confusión que iba cargándose de malos presagios. Una voz de alarma me sacó de mi diaria ensoñación.

Desperté a Filipo. Quise mantener la calma pero el temblor que en segundos tiñó mi voz se hizo visible. Nos apresuramos hasta la superficie; yo con más nervios que prisa, mis entumecidos movimientos no me permitían seguir el ritmo de Filipo, que me esperó mirando al cielo. Su intuición, siempre acertada, temía contemplar el peor de los finales.

La última función de Otto fue de madrugada, sin miradas curiosas y sin el resorte de los aplausos, sin red. Por eso el golpe contra el suelo fue mortal. Y la desviación de la trayectoria, intencionada o no, era evidente. Su diminuto cuerpo yacía varios centímetros delante de su lugar de partida. Dos sombras se abrían paso ante mis ojos y recogían en sus manos los restos de su salto. Mi desesperación me llevó a ver cómo sus branquias aún dejaban paso al aire, pero la sequedad de sus escamas nos hizo saber que eran varias horas las que Otto llevaba sin vida fuera del agua. Aquella mañana, a la vuelta del colegio, Maite no estampó sus ojos contra el cristal de la pecera. Nos olvidó por un tiempo; echaba de menos a El Gran Saltador.

Circus Fish, de Kamiel Proost (www.kamiel-proost.com)

PD: Este cuento no es mío, es de Elisa, una lectora palentina de gran sonrisa a la que yo también decidí leer y, visto lo visto, invitar encantado a participar del blog. Espero que os haya gustado tanto como a mí y que os animéis a escribir cosas de estas, o lo que queráis, que yo encantado en publicarlo. Mil gracias Elisa.

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